¿Qué
pasa? No te oigo.
Ya no vas a ladrarle al gato intruso
al fondo del jardín; ya no me avisas
de que llegó un extraño a dejar cartas
o latas de pimiento.
¿Qué pasa? No te oigo. Te he buscado
por todos tus lugares favoritos.
Tu colchoneta oculta
debajo de la mesa de escritorio,
vacía,
tu cama blanda y amplia,
donde arropada en mantas te dormías,
vacía.
Tu puesto acostumbrado
entre mi silla y el armario blanco
que guardaba el tesoro
de los piñones dulces,
vacío.
¿Qué pasa? No te oigo.
He salido a buscarte
oh, ya sabía
donde estaba tu cuerpo,
sólo que no quería ni acordarme ... |
He salido a buscarte, y te he encontrado.
¿No había de encontrarte?
Fiel como siempre,
me hiciste compañía.
Fiel, humilde, paciente,
has venido conmigo de paseo.
Duro sendero, verde y húmeda
la hierba blanda, y los rugosos árboles,
desperezando sus nudosos brazos
al sol tibio y pálido,
todo sólido y todo pesado.
Pero tú, ¡que ligera!.
Aún más que ayer cuando tus patas blandas
apenas si pesaban sobre el suelo
viniste, sombra líquida
con ingrávido paso acompañando
mis tristes pensamientos,
y has estado a mi lado
mucho más cerca y más continuamente
que cuando en carne y hueso
corrías o parabas
a capricho de ráfaga o querencia
de viento o de deseo.
|
Sombra de seda de oro
y de aguda nariz inquisitiva
y sombra de ojos negros
pozos de hondos sentires y de vislumbres de pensares
allá dentro en sus orbes condensados
jamás desparramados
en la charca común de la palabra.
Sombra fiel y paciente, sombra humilde,
hoy eres para siempre
sombra de compañía.
Y porque estas tres joyas de tu alma
lo fueron de oro puro,
de esencia de las cosas verdaderas,
porque fuiste y porque eres
onduela del espíritu perenne,
eres mis compañía para siempre
en esta vida que es la vida eterna.
|