"Podré hacer trampa y cerrar los ojos con todas mis fuerzas,
pero siempre habrá en algún lugar un perro abandonado que me impedirá ser feliz"
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SIETE DÍAS. Una pequeña historia.
Enrique. Febrero-2003

Con apenas mes y medio, diminuta como una ratilla, Enrique la llevó a su casa un día cualquiera de quién sabe qué año. De pelo negro y fuego, las orejas tiesas retando al cielo y tan llena de vida, que se hizo imprescindible al momento.

Los primeros días fueron inolvidables: juegos continuos, inacabables carcajadas viéndola corretear y morder todo aquello que encontraba en su camino. Su primera visita al veterinario (que ya fue premonitoria), le llenaba a Enrique de orgullo, con "algo" tan pequeño y vivo, que no dejaba de zafarse de sus manos para correr en pos de todo humano que se la ponía por delante.

Al quinto día, cuando Enrique llegó a casa, el pequeño ser no salió a recibirle. Algo frío recorrió su espalda y un nudo de angustia le impedía respirar. La encontró en la habitación, tendida en el suelo, rodeada de vómitos y excrementos demasiado líquidos. Sin perder un segundo, corrió al coche para trasladarla al veterinario.

El sexto día, tres visitas más y otras tantas inyecciones sin saber el motivo del malestar o la enfermedad de Aiya. Los ojos tristes, suplicantes, se le clavaban como saetas de acero en el corazón. Sentía que se apagaba, por momentos la veía más débil y la angustia era inaguantable.

La tarde ya caía y el silencio envolvía aquella casa en penumbras. Enrique la tomó en sus brazos y se sentó en un sillón de aquella habitación. La resignación terminó por vencerle y tan sólo algo quedaba por hacer, la acompañaría en su vigilia de muerte.

Pegada a su pecho, la rodeaba con sus brazos tratando de ofrecerle una protección que no supo darle. Quinientos gramos de vida se retorcían de dolor y sentía como sus diminutas patas con una fuerza increíble, presionaban sobre su pecho. Los quejidos y lamentos le desgarraban el alma y surcos de agua salada resbalaban por sus mejillas, hasta terminar goteando sobre el pequeño cuerpo que no cesaba de agitarse por unas convulsiones terribles.

Ya despuntaba el alba y el murmullo de la ciudad despertaba. Una tenue luz entraba por la ventana de aquella habitación, iluminando aquél sillón confidente de una larga noche de sufrimiento. Enrique, con la mirada perdida en el vacío, se negaba a desprenderse del cuerpo sin vida de Aiya. Un rictus de extremo dolor en la boca abierta de la pequeña, le martirizaba y no dejaba de preguntarse el porqué de tanto dolor en un ser inocente.

Envuelta en una toalla, encima de su regazo, circulaba por las calles tratando de encontrar un lugar adecuado para que reposara. Terminó por enterrarla entre unas rocas, en la sierra.

Transcurrió el tiempo y un buen día, Enrique descubrió por casualidad un lugar que se le antojó ideal para su reposo y corrió en busca de Aiya. Las lluvias y la vegetación abriéndose camino entre las rocas, cambiaron el paisaje y era imposible saber el lugar donde reposaba la perrita. Como un demente cavó durante horas, sin encontrar su paradero.

Años después, todavía se le ve recorrer aquellos parajes buscando alguna señal, que le permita encontrarla.



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