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Con apenas mes y medio, diminuta como una ratilla, Enrique
la llevó a su casa un día cualquiera de quién
sabe qué año. De pelo negro y fuego, las orejas
tiesas retando al cielo y tan llena de vida, que se hizo imprescindible
al momento.
Los primeros días fueron inolvidables: juegos continuos,
inacabables carcajadas viéndola corretear y morder
todo aquello que encontraba en su camino. Su primera visita
al veterinario (que ya fue premonitoria), le llenaba a Enrique
de orgullo, con "algo" tan pequeño y vivo,
que no dejaba de zafarse de sus manos para correr en pos de
todo humano que se la ponía por delante.
Al quinto día, cuando Enrique llegó a casa,
el pequeño ser no salió a recibirle. Algo frío
recorrió su espalda y un nudo de angustia le impedía
respirar. La encontró en la habitación, tendida
en el suelo, rodeada de vómitos y excrementos demasiado
líquidos. Sin perder un segundo, corrió al coche
para trasladarla al veterinario.
El sexto día, tres visitas más y otras tantas
inyecciones sin saber el motivo del malestar o la enfermedad
de Aiya. Los ojos tristes, suplicantes, se le clavaban como
saetas de acero en el corazón. Sentía que se
apagaba, por momentos la veía más débil
y la angustia era inaguantable.
La tarde ya caía y el silencio envolvía aquella
casa en penumbras. Enrique la tomó en sus brazos y
se sentó en un sillón de aquella habitación.
La resignación terminó por vencerle y tan sólo
algo quedaba por hacer, la acompañaría en su
vigilia de muerte.
Pegada a su pecho, la rodeaba con sus brazos tratando de
ofrecerle una protección que no supo darle. Quinientos
gramos de vida se retorcían de dolor y sentía
como sus diminutas patas con una fuerza increíble,
presionaban sobre su pecho. Los quejidos y lamentos le desgarraban
el alma y surcos de agua salada resbalaban por sus mejillas,
hasta terminar goteando sobre el pequeño cuerpo que
no cesaba de agitarse por unas convulsiones terribles.
Ya despuntaba el alba y el murmullo de la ciudad despertaba.
Una tenue luz entraba por la ventana de aquella habitación,
iluminando aquél sillón confidente de una larga
noche de sufrimiento. Enrique, con la mirada perdida en el
vacío, se negaba a desprenderse del cuerpo sin vida
de Aiya. Un rictus de extremo dolor en la boca abierta de
la pequeña, le martirizaba y no dejaba de preguntarse
el porqué de tanto dolor en un ser inocente.
Envuelta en una toalla, encima de su regazo, circulaba por
las calles tratando de encontrar un lugar adecuado para que
reposara. Terminó por enterrarla entre unas rocas,
en la sierra.
Transcurrió el tiempo y un buen día, Enrique
descubrió por casualidad un lugar que se le antojó
ideal para su reposo y corrió en busca de Aiya. Las
lluvias y la vegetación abriéndose camino entre
las rocas, cambiaron el paisaje y era imposible saber el lugar
donde reposaba la perrita. Como un demente cavó durante
horas, sin encontrar su paradero.
Años después, todavía se le ve recorrer
aquellos parajes buscando alguna señal, que le permita
encontrarla.
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